¿Hasta que la muerte nos separe? Familia

“Y vivieron felices para siempre”, cuántos cuentos no leíste con este final, irrisorio, pensarás, pero esta frase tenía mejor acogida años atrás que en la actualidad. No es por nada que hoy en día la tasa de divorcios va en aumento y el número de nuevas parejas que deciden casarse, en picada. Sabías que durante el 2016, según datos del Registro Civil, se produjeron 48.608 disoluciones, el número más alto desde 2010. ¿Cuál será el origen en donde se gatillan los numerosos divorcios?

La generación que hoy está entrando en la etapa adulta, probablemente no tenga en mente concretar un casamiento, sino que quieren viajar, llenarse de experiencias, ya que creen que al casarse se limitan a muchas de ellas. La mayoría creció en el seno de una familia constituida, uno que otro vivió el divorcio de cerca, logrando sino bien, hasta ya su etapa adulta, poder aceptar las razones que tuvieron sus padres para tal determinación.

El año 2014, en una Charla Ted, “The psychology of your future self” (“La psicología de tu yo futuro”), Daniel Gilbert, menciona que “los seres humanos son obras inconclusas, que erróneamente piensan que están concluidas”.

Pero, ¿qué tiene que ver esto con que cada vez más a las parejas les resulta difícil llegar al fin de sus días, junto a la persona que en su momento eligieron para ello?

Tal como lo dijo Daniel Gilbert, estamos cambiando constantemente, es por esto que cuando les preguntas a las personas: ¿qué pasó?, ¿por qué su matrimonio fracasó?, muchos dirán, “Es que ya no era la persona de quien me enamoré”.

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Si lo pensamos, es ridículo pensar que la persona de quien nos enamoramos no cambiará a lo largo de su vida, es imposible, ya que las experiencias van moldeando nuestra forma de vivir, de pensar y de comunicarnos. A esto agreguemos el impulso humano de la nostalgia, es algo que todos hemos experimentado, mirando ilusionados el pasado y sus vivencias.

 

“Todo tiempo pasado fue mejor”

 

Ahora bien, ¿qué podemos rescatar de esto? Primero aceptar que la persona con la que estemos, no será siempre la misma, porque quizás sus hobbies cambien a lo largo de su vida, como la forma en que ve la vida y los proyectos en ella. Las cosas que ambos antes hacían, quizás serán reemplazadas por otras actividades; por ejemplo en lugar de ir a cuanto evento social tengan, empiece a sonar más atractivo un viernes por la noche en pijamas viendo una serie o alguna película.

Por lo general, en los 10 primeros años las parejas enfocan el máximo del tiempo en ellos, en conocerse, experimentar juntos, vivir, etc. Pasados estos, en el caso de decidir tener hijos, su energía se enfoca en la crianza, y es en esta etapa donde se producen la mayor cantidad de quiebres. Ya cuando los hijos son capaces de sobrevivir sin la constante atención de los padres, vuelven a encontrarse, ya más maduros, con otros pasatiempos, y otra forma de mirar la vida.

Aceptar el cambio es el primer paso, pero lo que nunca debemos perder de vista es la buena comunicación y nunca dejar de conocernos, ¿cómo?, por ejemplo, un muy buen consejo es al menos una vez al mes entregarse el tiempo necesario para reconectarse con el otro, salir a comer, charlar acerca de cómo han estados sus semanas, nuevos proyectos en mente, cómo se han sentido con situaciones en su trabajo, en el día a día, etc., esto te mantendrá en contacto y permitirá mantener una buena retroalimentación en tu relación.

No le temas al cambio, no todo puede ser igual para siempre, debemos ser los suficientemente resilentes para poder cultivar las relaciones, y no tan solo en el ámbito amoroso, sino también las relaciones con nuestros padres, hijos, amigos, etc.

¡Hasta pronto!

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